   Ha tiempo que la lluvia bienhechora
no difunde la vida y la alegría,
que el enervante y caluroso día
viene después de festejada aurora.

   El sol vierte su lumbre caldeadota
del ancho cielo en la extensión vacía,
se retuerce el arbusto en agonía
y en los cauces el agua se vapora.

   Una tarde los míseros mortales,
pidiendo gracia en la feroz contienda
y buscando un alivio a tantos males,

   lleva en aras de sencilla ofrenda,
a través de los áridos maizales
al tutelar patrono de la hacienda.