   Tez de América y ojos del oriente,
bozo de seda, labios abultados,
y cabellos oscuros, hacinados
como un crespón sobre la tersa frente.

   He aquí la juventud resplandeciente
con sus sueños de gloria acariciados
por los primeros lauros conquistados
a despecho del mundo indiferente.

   Pero allá, tras un vuelo imperceptible,
la sombra de los íntimos dolores
que nacen del amor a lo imposible.

   Reflejos de tormentos interiores,
y esa amargura inmensa, indefinible,
de que halló espinas en lugar de flores.