   Deja beber tus lágrimas divinas,
y su raudal ablande el pecho duro.
¡Ay! permite también al labio impuro
besar de tu corona las espinas.

   Si abandonado y sólo te imaginas,
héteme aquí que, de tu amor seguro,
el cáliz del dolor sediento apuro
por si la tierra a perdonar te inclinas.

   Al verte en esa Cruz, mi Bien, yo creo,
remóntase hasta el cielo mi esperanza
y el corazón te rindo por trofeo.

   Ven, pecador, y abrevia tu mudanza;
que, aunque de negro crimen fueses reo,
quien le pide perdón, perdón alcanza.