   Mientras la virgen rústica dormía
cercano el lecho a la ventana abierta,
y su hermosura, a la penumbra incierta,
un cisne en un remanso parecía:

   yo, que la contemplaba y que sentía
toda la sangre de mi sed despierta,
estuve a punto de gritar: «- ¡Alerta!»,
cuando pasó un ladrón la celosía.

   Yo le vi penetrar por la ventana;
vile llegarse, de cautelas lleno,
al lecho de la virgen aldeana...

   ¡Era un rayo de luna que sereno,
besó su casta desnudez pagana,
tembló de amor y se durmió en su seno!