   Bella Nérida, cuando a Filis cantas
que al Anacreón ibero inmortaliza
se turba el pecho, el alma se electriza
a Dioses y hombres con tu voz encantas;

   Las piedras sienten, muévense las plantas,
el blando ruiseñor oye, y se hechiza,
y a quien amor suavísimo esclaviza
al duro trance del partir trasplantas.

   De la dulce tristeza conmovido,
se eleva a las mansiones eternales
el corazón, de un númen poseído;

   que solo de las arpas celestiales
tan bello tono fuera producido
para encantar oídos divinales.