   Musa mía, otras veces mojada de rocío,
ebria de sol y campo, sedienta de otras rutas,
te apareces vestida con la niebla del río,
fraganciosa de flores y aromada de frutas.

   ¿Quién ve en tus ojos claros la sombra con que enlutas
ese mirar radiante cuando te muerde el frío?
En tu boca me traes el eco de las grutas
afelpadas de musgos, para este verso mío.

   Y otras horas, en cambio, vestida en velos grises
languidecen tus manos como marchitas lises
y tu bostezo largo de atroz monotonía,

   repercute en mi canto que se vuelve tristeza,
alma de humo y neblina, boca helada que reza
en latín sempiterno de laguna letanía.