   Musa mía, cambiante, cuando llegas guerrera
el casco de oro y fuego, las garras aguzadas
y enrojecida en sangre la orgullosa cimera,
¡entonces temo el choque de tus crueles miradas!

   Entonces eres mala y aun cuando yo quisiera
no rendirías nunca las armas afiladas,
hasta que los escombros de mi misma quimera
pasarían a fuego tus iras no domadas.

   Y sobre el verso mío, tu diapasón se agrava
con un toque sonoro que se ahonda y no acaba
dejando largos ecos dolorosos y ardientes.

   Así no quiero verte, musa mía, yo misma
tiemblo entre las tinieblas en que mi ser se abisma
¡en la hora en que tú eres toda garra y dientes!