   En aquel bosque en flor junto a la fuete
yo era de bronce. Los ocasos de oro
fulgiendo en mí, volcaban su tesoro
sobre las aguas, en un fuego ardiente.

   Yo era insensible al aire azul y al coro
de las ninfas del bosque y al silente
espíritu nocturno que en mi frente
prendía gemas de rocío y lloro.

   ¿De dónde, en alas de la sombra, vino
a mí, diciendo, aquella voz extraña:
«¿Dormida está en el mundo floreciente?»,

   abierto el horizonte en mi destino
se despertó mi endurecida entraña
y me puse a llorar sobre la fuente...