   Como cediendo al paso de un racimo
un pie de vid, o un zarzo entrelazado,
desertó poco a poco el emparrado
y a un florido rosal pidióle arrimo;

   tal quiero yo, de un triunfo que no estimo
y de toda ambición desengañado,
ir lentamente huyendo del pasado
cuando en mis brazos con amor te oprimo.

   Sin ansias ya ni vértigo de altura,
todo mi bien en tu bondad reposa
y no teme del tedio ni la hartura,

   como esas vides al zarzal vecinas,
que aspirando el perfume de la rosa
embotan con abrazos las espinas.