   No pretendo que paguen el desvelo
que tu infausta belleza en mí provoca,
ni con besos dulcísimos tu boca,
ni tus miradas con su luz de cielo;

   ni causarte en ausencias desconsuelo,
ni que sueñes conmigo en ansia loca,
ni que te muestres a los otros roca
como eres, Laura, para mí de hielo.

   Pero a la luz del moribundo día
cuando la brisa leve de la tarde
riza feliz tu negra cabellera;

   ¿por qué no has de ofrecer, ingrata mía,
al loco amor que en mis sentidos arde
un recuerdo benévolo siquiera?