   ¡El alma es inmortal!, me repetía
un necio que conmigo disputaba;
y mi razón ante él se sublevaba
con frases de amarguísima ironía.

   ¡Qué el alma es inmortal!, yo me decía;
esa sola desdicha nos faltaba,
que el necio (y de hito en hito le miraba)
llegase a eternizar su tontería.

   Después me habló de Dios (¡era preciso
oírle) y de las penas del Infierno,
y dijo lo que quiso y como quiso;

   mientras que yo, para mi fuero interno,
como Dante, leí en el Paraíso
estas palabras: Tonticomio eterno.