   Cierta noche dos frailes gordinflones
llegaron al umbral de mi morada,
suplicando les diese yo posada
a trueque de risibles bendiciones.

   Aunque gusto muy poco de gorrones,
serviles cena bien aderezada;
y ¡qué panzada aquella! ¡Qué panzada!
¡Cuántas y qué copiosas libaciones!

   Cayeron pronto de Morfeo en brazos,
y ya al amanecer, gran pelotera
me despertó. ¡Qué injurias! ¡Qué porrazos!...

   Eran los frailes, que con saña fiera
se estaban disputando a puñetazos
el amor de mi vieja cocinera.