   Todo en ti me enamora y me fascina:
tu seductora faz americana,
tu talle y tu figura soberana,
tu deslumbrante cabellera ondina.

   Tu voz -que de tu boca purpurina
como cascada bullidora mana-
y esa arrogancia tuya de sultana
que es de una venus la actitud divina.

   Mas nada, nada, en mi entusiasmo, tanto
me admira de tus gracias y me asombra,
como tus ojos en que amor destilas.

   Que el mismo Dios, por aumentar tu encanto,
en forma de astros condensó la sombra
y los puso en tus ojos por pupilas.