   Despunta el alba del postrero día...
Lleno de angustia, con dolor pasea
la Cruz del Redentor; grita, vocea
con sed de sangre la canalla impía.

   A aquel cuadro de horror y de agonía
que alumbra un centurión de roja tea,
flotante el mando que en aire ondea,
víctima del dolor, llega María.

   Ambos se ven. Antes filiales lazos
ya no hieren a Cristo los abrojos,
ni ya le abruma de la cruz el peso.

   Y forman fuerte nudo con sus brazos,
y al mirarse con lágrimas sus ojos
sus dos almas se funden en un beso.