   En rosa de magnífica opulencia
el capullo de ayer se ha convertido.
¡Tan niña y madre ya...! Dios ha querido
partir en dos mitades tu existencia.

   Yo te he visto nacer, y en tu presencia
hoy me siento turbado y conmovido;
¿por qué la que en mis brazos he tenido
veneración me inspira y reverencia?

   ¡Ah! Porque emblemas del amor sagrado
del sacrificio que con él se aduna,
de un bien perfecto, puro, inmaculado,

   sólo dos nos ofrece la fortuna:
primero, el Hombre Dios crucificado;
después, una mujer junto a una cuna!