   No pretendas, con fútiles engaños,
rescatar el pañuelo tan deseado,
que una noche, encontrándome a tu lado
hice mío a pesar de tus regaños.

   Emblema delicioso de tus años,
ese tesoro, blanco y perfumado,
sobre el pecho lo guardo apasionado,
para enjugar posibles desengaños.

   Porque en lúgubres horas de desvelo,
cuando llevo a mi frente adolorida
tu reliquia, en demanda de consuelo,

   me parecen que en ella viven presos,
¡el encanto sonriente de tu vida
y el rumor inefable de tus besos!