   Tú bien sabes que vivo para amarte
con fervor, sin quebrantos ni medida;
tú sabes que, al hacerte mi elegida,
la existencia he querido consagrarte.

   Tú sabes que jamás podré olvidarte,
pues lo que bien se quiere, no se olvida
y mientras tenga un hálito de vida,
ese hálito será para adorarte.

   Por tu amor yo he luchado con desvelo,
desgarrándome el alma en los abrojos
crecidos a la sombra de ese anhelo;

   y cuando, al fin postrándome de hinojos,
para no sucumbir buscaba el cielo,
¡tú me diste dos cielos en tus ojos!