   ¡Ah, los muertos deseos! Nada ansío
de lo que el mundo ofrece ante mi vista:
aquello que mi alma no contrista
tan sólo me produce amargo hastío.

   Como encalla entre rocas un navío
que se lanza del oro a la conquista,
así ha encallado el ideal de artista
entre las nieblas del cerebro mío...

   ¡Oh, Señor! si la sombra no deshaces
y en mi alma arrojas luminosas haces,
como un sol en oscuro firmamento,

   haz que sienta en mi espíritu moroso
primero la tormenta que el reposo,
primero que el hastío... ¡el sufrimiento!