   Pisotear el laurel que se fecunda
con las gotas de sangre de tus venas;
deshojar, como ramo se azucenas,
tus sueños de oro entre la plebe inmunda;

   doblar el cuello a la servil coyunda
y, encorvado por ásperas cadenas,
dejar que en el abismo de tus penas
el sol de tu ambición sus rayos hunda;

   tal es ¡oh soñador! la ley tirana
que te impone la vida en su carrera;
pero, sordo a esa ley que tu alma asombra,

   pasas altivo entre la turba humana,
mostrando inmaculada tu quimera,
como pasa una estrella por la sombra.