   Un largo ensueño cándido pone la luna llena
en la campiña y en la mansedumbre del río;
la silueta del monte se yergue en el vacío
y en la torre del pueblo la media noche suena.

   Llegan ecos lejanos. Como un ánima en pena
ronda en esta vigilia luminosa el hastío;
eslabona recuerdos el pensamiento mío
y, al marchar, me parece que arrastro una cadena.

   La soledad inspira fortaleza y consuelo;
se ve a Dios en las múltiples floraciones del cielo,
y al postrarse me altiva pequeñez a su planta,

   sienten los, pies la savia de la tierra florida,
y la cabeza un soplo de esperanza y de vida
eternas, y el espíritu hasta Dios se levanta.