   La zagala tiene una color y una frescura
de fruta madurada en el árbol natal;
mansedumbre en los ojos y tan bella figura
que bien fuera modelo de un pincel magistral.

   No sabe de perfidias en amor. La blancura
de su alma es la misma de un cordero pascual;
va por flores al prado y por agua a la pura
fuente que la retrata en su limpio cristal.

   Cumple todas las obras de la misericordia
que enseñan la doctrina y el cura que la exordia.
Al novio lo enrolaron en la revolución,

   y desde entonces nada del ausente ha sabido.
Pero como ella ignora que hay muerte y que hay olvido
guarda para el guerrero todo su corazón.