   Una campana rota, de secular se queja
de yo no sé que males. Su dolor ancestral
difúndese en la tarde, y su voz aconseja
pensar en Dios con íntima confianza teologal.

   La campiña está triste. La media luz bermeja
del ocaso disípase al orto vesperal.
El poblado parece que evoca una conseja;
y la campana sigue su tañir proverbial.

   -Oh, Señor Jesucristo...- Y por la senda umbrosa
de acacios florecidos, con mi rubia amorosa,
que a comprender no llega lo que hay entre los dos.

   Vino la santa hora que anuncia la campana
-Hora que siendo mística es a la vez profana-
Sin que mi novia sepa que voy pensando en Dios.