   Con tu verbo potente y tus ritmos caudales
cruzaste por el mundo hasta escalar la meta.
Fueron maná tus prosas y tus versos triunfales
agua tan milagrosa como la del profeta.

   Inaudito, soberbio, florecido de astrales
maravillas, tu numen penetró la secreta
fuerza de Dios, y fueron tus signos cardinales
la orientación ilustre de una raza, ¡poeta!

   Cierto que hincó sus lanzas el odio en tus costados,
que tuviste Iscariotes a tu mesa sentados,
y que en vez de laureles te ciñeron espinas.

   Pero, como el Poeta de Nazareth, cumpliste
los designios del cielo, que envía al mundo triste
-de vez en cuando- una de sus almas divinas.