   ¡Genio infeliz!, en su postrer momento
a su amiga la Muerte le decía:
«Dame la nada, esa región vacía
en que no hay ni placer ni sufrimiento.

   Donde se halla la vida está el tormento.
Dame paz en la nada -repetía-,
y mata con el cuerpo el alma mía,
esta amarga raíz del pensamiento.»

   Al oírle implorar de esta manera,
consolando al filósofo afligido,
la Muerte le responde: «Espera, espera;

   que, en pago de lo bien que me has querido,
mañana te daré la muerte entera
y volverás al ser del que no has sido.»