   Muéveme tu bondad, que me acaricia,
a esperar el perdón; pero no cabe
que remitas en mí culpa tan grave,
sin hacer menoscabo a tu justicia.

   Es tal la magnitud de mi malicia,
que tu misma clemencia hallar no sabe
medio ni pena que mi crimen lave;
y aún dictando mi muerte, me es propicia.

   Haz, pues, lo que a tu gloria corresponde;
vuelve la faz del llanto de mis ojos,
y sólo ve como ofenderte pude.

   ¡Descarga! ¡Es santo tu rigor! Mas dónde
el rayo me herirá de tus enojos,
que la sangre del Cristo no me escude.