   En la callada noche, cuando la sombra extiende
sobre la tierra muda su velo misterioso,
y arriba, en las alturas del éter anchuroso
sembrado de luceros el firmamento esplende;

   mi alma soñadora que al infinito asciende
escucha, sumergida, en éxtasis dichoso,
hablar a las estrellas su idioma cadencioso
tan dulce, que tan sólo mi espíritu lo entiende.

   A mis oídos llega desvanecido y flébil
el eco de esas voces como el murmullo débil
que una dulzura vaga, indefinible encierra.

   De su prisión terrena mi espíritu se evade,
y un inefable goce mi corazón invade
sintiéndome muy lejos de la mezquina tierra.