   En la calma uncitiva de la tarde que muere
como el alma impalpable de una casta blancura,
con dejo melancólico de triste miserere
vuela el vago responso de los labios del cura...

   Todo calla y se inclina, el espíritu inquiere
y dialoga en silencio con la Pálida oscura,
y en la calma uncitiva de la tarde que muere
me arrodillo, a los ruegos del responso del cura...

   ¡Madre mía! (yo rezo) que tu amparo me diste,
rasga el manto de sombras de mi espíritu triste...
¡por qué tocan tan tristes las campanas lejanas...!

   Madre mía, ángel casto de virtud y de amores,
¿si a tu vuelo dejaste tus amargos dolores,
por qué tocan tan tristes las lejanas campanas...?