   ¡Y fue mi anochecer en pleno día,
y el dolor, con su mano despiadada,
partió mi corazón como una espada
ahogando la ilusión en la sangría!

   ¡Y perdí la noción de la armonía,
y hasta mi firme anhelo de belleza
cayó desorientado en la tristeza
de la noche sin luz de mi agonía!

   Al resto de mi fe pedí su égida,
y a la voz suplicante de la vida
permaneció la fe impasible y muda;

   y de la fe impasible al torpe agravio,
derramó su veneno sobre el labio
la copa aterradora de la duda!