   ¡Dios de bondad a quien el mundo adora!
Tú, que en tu trono celestial, sereno,
brillas tan grande al resplandor del trueno,
como a los rayos de la blanca aurora;

   el huérfano infeliz su suerte llora,
de fe y de amor el pensamiento lleno,
y la oración del destrozado seno
al labio sale que doliente implora.

   Tú, cuya mano justa en su grandeza,
siembra el dolor, y siembra la alegría,
compadece su fúnebre tristeza;

   para calmar ¡oh Dios! su pena impía,
o derrama consuelo en su cabeza,
o vuelve al que murió la luz del día!