   Allá en el tiempo en que Colón abría
nuevo horizonte al esplendor hispano,
el astro del imperio mahometano
a su ocaso, en Granada, descendía.

   Una reina en sus brazos recogía,
mártir cautivo, al fuerte castellano,
y las cadenas suspendió su mano
sobre estos muros, en ofrenda pía.

   Mas ¡oh Isabel! vendieron, como escoria,
las férreas joyas de tu templo santo,
recuerdo grande de tu grande historia:

   Que para alzar y deshacer su encanto,
si tanto pudo tu piadosa gloria,
la barbarie del hombre pudo tanto.