   ¿Por qué ese rostro, juvenil belleza,
negro antifaz oscurecer procura,
si tus ojos, tu cuello, tu cintura
desmienten de tu labio la aspereza?

   ¡Oh! ¿y eres tú? Perdona su torpeza
a quien tu vista, Angélica, asegura;
ven conmigo, mi bien: ya no me apura
tu falso honor, tu pérfida tristeza.

   Así cuando la noche aterradora
la extensa esfera cubre cristalina,
todo calla en la tierra, todo llora:

   Mas luego el horizonte se ilumina,
y el vago carro de la blanca aurora
fresca revela el aura matutina.