   Y una voz le responde: «En medio al coro
de los benditos ángeles un día,
tu belleza sin par resplandecía
como en lóbrega noche ígneo meteoro.

   Fugaz como él, riquísimo tesoro
perdió de gracia y luz tu rebeldía;
y el que al trono de Dios cortejo hacía
bajo al abismo en sin igual desdoro.

   Allí tu reino; allí de tu delito,
y del antiguo honor cruda memoria:
allí eterno dolor, eterno llanto.

   De tu rabia feroz vano es el grito:
venció la cruz, y su inmortal victoria
para el hombre es salud, para ti espanto.