   Ni de sangre siquiera horrible llanto
en los ávidos ojos embargada
yace la lengua, y al feroz mirada
fija y sin luz, rebela su quebranto.

   Así en presencia del Madero Santo,
su primera sentencia renovada
oye Luzbel, y con la faz velada
lloran los justos infortunios tanto.

   Blasfemando de Dios alzan empero
«Derribaré la Cruz, dice, y triunfante
en trozos mil la arrojaré al profundo...»

   Mas, ¿cómo ¡ay me!, sin arrancar primero
de sus eternos quicios de diamante
al alto cielo, el anchuroso mundo?