   Por los ámbitos lóbregos de un sueño
vi cruzar un fantasma peregrino
que, envuelto en nube de fulgor divino,
me llamaba mirándome risueño.

   Seguirle quise con ardiente empeño,
fascinado y extático y sin tino;
pero, al tocar su manto purpurino,
veloz huyó, mirándome con ceño.

   Sentido de su rápida mudanza,
«¿Por qué -dije- te places en mi daño?»
Y él, al desvanecerse en lontananza:

   «Yo soy -me dijo con semblante huraño-,
para quien no me logra, la Esperanza;
para quien me consigue, el Desengaño.»