   Implacables doctores cuya ciencia,
preñada de rencor y de codicia,
da a Dios por atributo la malicia
que hierve en vuestra sórdida conciencia,

   respetad su tranquila Omnipotencia
libre al par de flaqueza y de servicia;
¡no exijáis la crueldad a su justicia!
¡no taséis el perdón a su clemencia!

   Mientras descarga el lóbrego nublado
que el monte atruena y el león asusta
en su cóncava gruta refugiado,

   detrás del velo de la nube adusta,
el cielo azul, sereno y estrellado,
guarda su eterna mansedumbre augusta.