   Perdió el amor en el celeste cielo,
pues al verle tan fatuo y delirante
ante los Dioses, su poder triunfante,
le quitaron sus armas y su velo.

   Venus tierna, angustiosa, en dulce anhelo
a Júpiter clamó, triste, incesante,
y de su tierno y afligido infante
le pintó el desaliento y desconsuelo.

   Y el Padre de los Dioses, siempre humano,
al hijo desgraciado consolaba
y uno le concedió de sus despojos.

   -Elije, pues- le dijo, y el insano
no eligió su cadena ni su aljaba
sino la venda de cubrir los ojos.