   Templa, Señor, tu rigurosa saña,
y a nosotros los ojos ya convierte
de tu dulce piedad; mira a la Muerte
embotar en nosotros su guadaña.

   Nuestro sepulcro cada aurora baña
el llanto nuestro, y sin cesar se vierte;
ve a la peruana esposa, al joven fuerte
morir, y a la viuda en tierra extraña.

   Morir en apartado suelo ajeno,
desventura mayor que otra ninguna,
excusa a los que viven: oh Dios bueno,
tu piedad a los nuestros nos reúna,

   y nos de tumba en su materno seno
la dulce tierra que nos dio la cuna.