   Mi buen amigo el noble Juan de Dios, compañero
de mis alegres años de juventud, ayer
no más era un artista genial, aventurero...
-Hoy vive en un poblacho con hijos y mujer-.

   Y es hoy panzudo y calvo. Se quita ya el sombrero
delante de don Sabas, de un don Lucas... ¿qué hacer?
La cuestión es asunto de catre y de puchero,
sin empeñar la «Singer» que ayuda a mal comer.

   Quimeras moceriles -mitad sueño y locura-;
quimeras y quimeras de anhelos infinitos,
y que hoy -como las piedras tiradas en el mar-

   se han ido a pique oyendo las pláticas del cura,
junto con la consorte, la suegra y los niñitos...
¡Qué diablo! Si estas cosas dan ganas de llorar.

   Y hoy río si tu ríes, y canto si tú cantas;
y si tú duermes, duermo como un perro a tus plantas.
Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;

   y tiemblo si tu mano toca la cerradura,
¡y bendigo la noche sollozante y oscura
que floreció en mi vida tu boca tempranera!