   Elcino, el buen pastor, con la manada huraña
de cabras, paso a paso, cruzó el valle florido;
vibró en los aires puros su peculiar silbido,
y al oírle siguiéronle, camino a la montaña.

   Al oír un lejano cantar de pipitaña
recordó la tragedia de su amor sin olvido;
requirió de sus hombros el rabel, y mordido
por la pena, llamó su tierna musa extraña.

   En mitad de su música miró que amanecía:
Toda, toda la noche, su canto suprahumano
relató en la montaña su enorme desconsuelo...

   Quebró Elcino el rabel con su larga armonía,
y cuando la postrera cuerda rompió su mano,
tras la última nota su alma voló al cielo.